Llené la bolsa del hospital con cosas lindas. Me faltó la que más iba a usar.
En julio armé la maleta como si fuera un ritual. Body de algodón, cojín de lactancia, snacks, una lista impresa que saqué de un grupo de mamás de Guadalajara. Andrés se reía porque doblaba cada prenda dos veces. Yo me sentía preparada.
Nadie —ni el curso, ni mi ginecóloga, ni las amigas que ya habían parido— me dijo con claridad qué iba a pasar en el baño. Hablaban de contracciones, de la epidural, de «disfruta esos días». De la higiene íntima, casi nada. Como si fuera un detalle menor.
Mi prima, que dio a luz en Tepatitlán, me mandó un audio: «Lleva tu propia botella. La del hospital es incómoda y a veces ni alcanza.» Lo escuché en el súper, con el carrito lleno, y lo olvidé. Emilia llegó tres días después.